Lucha de gigantes

Una tarde lluviosa de domingo astromántico. Una noche anterior extraña. Una de tus canciones favoritas sonando en los altavoces. Olor a incienso y a velas de naranja. Y al jabón que te compraba tu madre cuando eras pequeño. El agua cayendo sobre tu cuerpo. Y el tiempo parándose por un momento…

Son días de bienvenidas por estos lares. Tenemos por aquí a Magi Torras y Mr. Bristow, director y director de arte y diseño, respectivamente, de Must! Magazine, este proyecto que cumple tres años de vida, siempre repleto de millones de ilusiones y del esfuerzo de un equipo al que nunca podré agradecer suficiente su trabajo.

Ellos me han dado la respuesta, la clave que necesitaba, para explicar lo que sentía un domingo como éste:

‘He comprobado en mi propia piel que si necesitas saber algo, tienes que preguntar’
(Mr. Bristow)

‘El amor es otra cosa. Es alguien que llegue y te haga sentir endiabladamente incoherente. Que te empuje a hacer cosas de las que jamás te creíste capaz y arrastre de un sólo golpe con todos tus principios, tus valores, tus “yo nunca” y tus “yo qué va”’
(Magi Torras)

Es difícil pensar en cuantas cosas dejamos pasar por no preguntar. Porque el miedo nos paraliza ¿Cuántas oportunidades se escapan cada vez que dejamos de preguntar una cosa?  ¡Qué difícil ser sinceros y francos! Nos cuesta mostrarnos tal como somos, decir: este soy yo y éstas son mis circunstancias (Me gustas, te odio, las cosas no se hacen así, me haces sentir mal, te quiero besar, prometiste que me llamarías…). Y por el camino, mientras acumulamos demonios y quebraderos de cabezas, vamos perdiendo oportunidades, personas, momentos y opciones… A principios del 2012 prometí que me quitaría las vergüenzas, y aprendería a decir las cosas como vienen. Pero como tantas otras promesas de fin de ciclo, se quedaron enterradas junto a esa botella de ginebra que logré terminarme a duras penas.

Y en el camino, también, sigo enamorándome en cada esquina. En cada parada de metro me dejo un amor. Y en cada destino una promesa. En cada clase que piso, en cada bar que cierro. Ese chico que llevaba una camisa a cuadros y simplemente compraba el pan. Aquel hombre rapado que tomaba café en el Starbucks de Paseo de Gracia. El del pelo largo que hizo mi último viaje Madrid-Barcelona sentado frente a mí en el AVE. Amores de segundos, de minutos, de horas… Pero nadie que arrastre mis principios, mis valores, mis “yo nunca” y mis “yo qué va”. O quizás todos, porque nunca he sabido ponerle límites al amor verdadero y al amor pasajero. Siempre tengo la sensación de que todos se quedarán. Aquel rapado me invitará al café. El de la camisa a cuadros me pedirá el teléfono. Y el del pelo largo me dará un beso desprevenido, cargado de maletas y cosas que vivir juntos. Pero nunca existe un mañana. Me he acostumbrado demasiado a los adioses y ya no recuerdo a qué saben los ‘hasta luego’. Me da miedo la enormidad donde nadie oye mi voz…